Desde que murió papá, mamá está esperando que la alta alcurnia con la que se codeó los últimos treinta y cinco años la destierre a Siberia. Espera que le bajen el pulgar, que le corten la cabeza, que el teléfono deje de sonar y se acaben las invitaciones a un vernissage, una cena a beneficio, un aniversario. Lleva toda su vida confusa acerca de quién es.