Cecile Adrienne Rich

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    El discurso crítico sobre la poesía ha dicho muy poco sobre las condiciones cotidianas de nuestra existencia material, pasadas y presentes: qué huella dejan en la vida de los sentimientos, de las respuestas humanas involuntarias; cómo vislumbramos un rastro de humo en el aire, contemplamos un par de zapatos en un escaparate, miramos a una mujer dormida en su coche o a un grupo de hombres en una esquina, cómo escuchamos el zumbido de un helicóptero o el golpeteo de la lluvia sobre el tejado o la música que suena en la radio en el piso de arriba, cómo respondemos a la mirada de una vecina o de un desconocido o la evitamos. Esa presión altera nuestro ángulo de visión, lo reconozcamos o no
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    Los «grandes hombres» hablaban de otros «grandes hombres», de la naturaleza del Hombre, de la historia de la Humanidad, del futuro del Hombre, y nunca más volví a recibir, de un profesor, el tipo de estímulo, la insistencia en que mi mejor trabajo podía ser aún mejor, que había experimentado en el colegio. A las alumnas simplemente no nos tomaban demasiado en serio.
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    i existe un concepto realmente engañoso, es el de «coeducación»: la idea de que por el hecho de sentarse en una misma aula, escuchar las mismas clases, leer los mismos libros, realizar los mismos experimentos en el laboratorio, mujeres y hombres están recibiendo una educación igual. Y no es así. En primer lugar, porque el contenido mismo de la educación otorga reconocimiento a los hombres a la vez que invalida a las mujeres
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    Las mujeres y los hombres no reciben una educación igual, porque fuera del aula a ellas no se las considera personas soberanas, sino una presa.
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    Pensar como mujer en un mundo masculino significa pensar críticamente, negándose a aceptar lo dado, estableciendo vinculaciones entre hechos e ideas que los hombres han dejado disociados. Significa recordar que toda mente reside en un cuerpo; seguir siendo responsables ante los cuerpos en los que vivimos; contrastar continuamente las hipótesis dadas con la experiencia vivida. Significa mantener una actitud crítica constante en relación con el lenguaje, ya que, como señaló Wittgenstein (que no era feminista), «Los límites de mi lengua son los límites de mi mundo». Y también significa hacer lo más difícil de todo: escuchar y estar atentas, en el arte y en la literatura, en las ciencias sociales, en todas las descripciones del mundo que recibimos, a los silencios, a las ausencias, a lo innombrado, lo no dicho, lo codificado, pues allí encontraremos el verdadero saber de las mujeres.
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    En la vida prepatriarcal, el falo (herm) tenía un significado totalmente distinto del que ha adquirido en la cultura androcéntrica (o falocéntrica). No se le rendía culto por separado ni se le atribuía un poder autónomo; existía como un apéndice de la Diosa, junto con otras figuras como el toro, la vaca, el cerdo, la luna creciente, la serpiente, la doble hacha o labrys, la criatura que tenía en el regazo.
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    En la vida prepatriarcal, el falo (herm) tenía un significado totalmente distinto del que ha adquirido en la cultura androcéntrica (o falocéntrica). No se le rendía culto por separado ni se le atribuía un poder autónomo; existía como un apéndice de la Diosa, junto con otras figuras como el toro, la vaca, el cerdo, la luna creciente, la serpiente, la doble hacha o labrys, la criatura que tenía en el regazo.
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    Los cultos al falo prepatriarcales eran celebraciones del instrumento fecundante por parte de las mujeres, no la celebración de su «virilidad» o de la paternidad individual por parte de los hombres
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    La maternidad prepatriarcal, ginocéntrica, fue anterior a la condición de esposa; la relación materna y la condición social de madre eran mucho más importantes que la condición de esposa.
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    De su cuerpo, la mujer creaba al hombre, creaba a la mujer, creaba la continuidad de la existencia. Espiritualizada en forma de divinidad, era el origen de la vegetación, la fructificación, de todas las clases de fecundidad
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