ALVARO VANEGAS

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    Doña Graciela le sonreía y la monja, durante un segundo, sintió alivio, pero se fijó en el brillo rojo y malévolo que se desprendía de los ojos de la dueña de la tienda y entonces supo, ahora sí sin duda, qué estaba sucediendo. Supuso, muy dentro de sí, que debía alegrarse, finalmente era lo que había estado esperando, pero en la superficie de su mente se empezó a abrir paso un miedo como nunca había conocido.
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    detrás de ella se desplegaba un pandemónium.

    Cuando un ser alado y de rostro ovalado, que parecí
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    —¿Qué mierda está pasando? —preguntó la niña, seguramente convencida de que Virginia, que trabajaba directamente para el bando de los buenos, tendría alguna clase de respuesta.
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    Si el sexo fuera tan malo, Dios nos hubiera creado distintos, era otra de las frases de Álex, quien, como era de esperarse, nunca llegó a convertirse en sacerdote.
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    —Sí, padre, es sangre. Finalmente sucedió.
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    Virginia se atrevió a insinuar que, tal vez, nunca volviera a amanecer
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    El fin de los tiempos, padre, dice Aldemar, pero ahora su voz es aguda, un extraño y escalofriante falsete. El infierno en la tierra, Ernesto.
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    —A estas alturas, sinceramente, pueden matarse entre ustedes, estamos rodeados de demonios, todos vamos a morir muy pronto… o peor, nos van a poseer. Ya nada importa.
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    Ángela no agregó nada más. Caminando lentamente se acercó a las grandes puertas del templo y, con algo de dificultad, las abrió. Les echó a todos un último vistazo y salió a la oscuridad de la calle.
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