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María Parr

Lena, Theo y el Mar

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    También en el colegio habían cambiado las cosas. El día después del accidente, me presenté allí con las botas. Me daba igual quedar como un idiota. Estaba harto de tener los pies mojados. Y, en cualquier caso, me importaba un comino lo que pensara Tommy del Muelle. Por mí, podía mirarme todo lo que quisiera. De pronto todo me resultaba más fácil, salvo en un sitio: en mi casa en Terruño Mathilde
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    Pero el abuelo no dijo nada. Pareciera como si lo del fletán y el cabrestante no hubiera sucedido. En su lugar, vagaba a nuestro alrededor como una sombra, con el brazo pegado al cuerpo y una inclinación en el cuello que no le había visto antes. ¿Estaría enfadado
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    Lena tampoco venía tanto a casa como antes. Al principio no me pareció mal, pero en realidad me entristecía. Estaba todo el día liada con los dichosos entrenamientos, y cuando nos encontrábamos, estaba callada, huraña y no parecía ella misma
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    ¿Ya eras novio de la abuela con diecisiete años? —pregunté asombrado.
    —No, solo éramos amigos. Pero ese verano, había venido un día a decirme que iba a echarme de menos cuando me marchara. Incluso me dijo que quería esperarme.
    El abuelo sonrió.
    —Y yo, idiota de mí, le dije tranquilamente que no, igual que le había dicho a todas las demás. No quería que nadie me esperara aquí. Quería estar libre y sin compromiso
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    La sórdida imagen del fletán y la sangre se me cruzó de nuevo por la cabeza. ¿Le pasaría lo mismo al abuelo? Lo observé en el jardín. Daba la impresión de estar muy solo. Y de pronto comprendí que para el abuelo era todo peor
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    Está todo tan bien hecho, Theo, que la mayoría de lo que estropeamos en este mundo podemos arreglarlo después. Pero hay que echarle valor —añadió
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    ¿Un barco para mí? ¿Del abuelo y de Lena? Todas esas horas que habían pasado juntos en el cobertizo, ¿habían estado haciendo eso? ¿Habían restaurado un barco? ¿Para mí?
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    No, no tienes, Theo, pero ibas a tener uno.
    Pensativo, tamborileó los dedos sobre la pared del cobertizo.
    —Lena y yo te hemos estado arreglando un viejo Silver Viking, lo teníamos aquí en el cobertizo viejo. Era una sorpresa para tu cumpleaños.
    ¿Cómo? El abuelo abrió las puertas del lado que daba al mar.
    —A Lena y a mí nos pareció que ya te tocaba tener un barco propio. Te lo merecías después de… ya sabes.
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    Es del año de la polca —dije sorprendido.
    Leí otra vez el mensaje. El corazón me latía en el pecho, con alegría y dolor al mismo tiempo. Nos recordé a Lena y a mí como éramos de pequeños. Dos buenos amigos con botas de agua, lanzando botellas mensajeras a pocos metros de la costa y creyendo que darían la vuelta al mundo
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    Al cabo de un rato, Lena coló la cabeza entre los dos y puso una mano en mi hombro y otra en el hombro del abuelo.
    —Bueno, chicos —dijo más contenta que unas pascuas—. Ya somos tres otra vez.
    Podría haberle dado un puñetazo
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