¿Qué esperanzas acariciaba acerca de mi fiesta por sorpresa para que me hubiera defraudado tanto?
Ninguna. O, mejor dicho, ninguna en particular, ninguna que pudiera concretar. Ése era el problema. Había estado esperando algo grande y amorfo, algo tan maravilloso que ni siquiera podía imaginarlo. La fiesta que me dieron resultó absolutamente previsible. Pero, en realidad, aunque hubiera incluido un conjunto musical e ilusionistas, me habría dejado igualmente alicaída. Nada, por extravagante que hubiera sido, habría colmado mis expectativas, porque siempre habría sido algo finito y limitado, una cosa y no otra: habría sido sólo lo que era.