Más allá de la selectividad, su vida es una escalera que ha de subir y que se pierde entre la bruma.
Con la escasez de memoria necesaria a los dieciséis años para actuar y existir, ve su infancia como una especie de película muda en colores, donde surgen y se mezclan imágenes de tanques y escombros, de viejos desaparecidos, de dedicatorias escritas y adornadas para el día de la madre, los tebeos de Bécassine, los ejercicios espirituales antes de la comunión y cuando jugaba al frontón.