Por el pasillo venía su mujer. Era gloriosa, abrasadora. No sabía todavía que su marido estaba muerto. Nosotros sí lo sabíamos. Eso era lo que le daba a ella tal poder sobre nuestras personas. El doctor se la llevó a una habitación con escritorio al final del pasillo y, por debajo de la puerta cerrada, una tajada de luminosidad irradiaba hacia el exterior como si, gracias a un proceso maravilloso, allí dentro se estuvieran incinerando diamantes. ¡Qué par de pulmones! Chillaba como yo imaginaba que chillaría un águila. ¡Me sentí tan feliz de estar vivo para poder oírla! Yo, que había buscado esa sensación por todas partes.