La leucemia había marcado el rumbo de su vida, le había hecho la promesa de que la cura iba a ser un paraíso, pero cuando fue dado de alta, Eduardo se encontró abandonado con una adolescencia insípida, una madre sobreprotectora y un mundo indiferente a su salud. La mente decepcionada de Eduardo halló refugio en la fobia, en la lucha sin cuartel contra los gérmenes y el fantasma de la leucemia, enemigos que le permitían seguir creyendo en la felicidad venidera. De ese modo se salvaba el orden significado en la metáfora lacaniana del Nombre del Padre.