Tomo un cuchillo y me quedo observándolo. Algunos días me tiro horas acariciando la hoja y, si hay unos tragos de por medio, termino besándolo. Quién sabe lo que quiero, a qué o a quién rezo. A veces prendo una vela y le pido su amor al ardiente Jesús. Le suplico a ese Jesús imberbe: ¡dame, dame tu amor!