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Krasznahorkai László

  • Alicia Sandovalhar citeretsidste år
    Contempló con tristeza aquel cielo que no auguraba nada bueno, los restos abrasados del verano recorrido por bandadas de langostas, y de pronto vio desfilar en una misma rama de acacia la primavera, el verano, el otoño y el invierno, como si percibiera la totalidad del tiempo que jugueteaba en la esfera inmóvil de la eternidad mostrando una infernal línea recta, la cual daba la impresión de atravesar el paisaje escabroso del caos y, al crear así la altura, alimentaba a la vez la ilusión de que el vértigo era algo necesario… Y se vio a sí mismo en una cruz de madera formada por la cuna y el ataúd, se vio allí agitándose, atormentado hasta que finalmente una sentencia árida—que no conocía distintivos ni distinciones y sonaba como un chasquido—lo entregaba desnudo a los lavadores de cadáveres, a las risotadas de despellejadores afanados, en un lugar donde comprobaría sin piedad, fríamente, la verdadera medida de las cosas humanas, donde constataría que ni un solo sendero lo conducía de regreso, pues para entonces se habría enterado ya, además, de que había ido a parar a una partida cuyo resultado estaba decidido de antemano y en la que los tahúres lo despojarían incluso de la última arma que poseía: la esperanza de poder retornar algún día a casa.
  • Adal Cortezhar citeretsidste år
    en aquel bosquecillo de hinoki que se alzaba en el centro de la provincia de Shandong aún resultaba inimaginable que uno solo de estos cientos de miles de millones de granitos de polen de hinoki llegara a su meta, a aquel patio apartado del monasterio de Kioto para fecundar una única célula femenina entre los conos fértiles.
  • Adal Cortezhar citeretsidste år
    Para esta nube de polen, el mundo era el laberinto imprevisible del azar, una estructura inconcebiblemente compleja donde todo, todo en el sentido más estricto de la palabra, aspiraba a destruirla.
  • Adal Cortezhar citeretsidste år
    de esas ocho plantitas, que sobrevivieron a todos los peligros ulteriores, crecieron por último unos árboles inmensos, ocho gigantescos y maravillosos cipreses de hinoki en el patio de un monasterio, como mensajeros que traían una frase edificante desde gran distancia, que traían un mensaje en su raigambre expansiva, en su tronco recto y en su follaje delicadamente imbricado, un mensaje en su historia y en su existencia que nunca nadie entenderá, ya que, por lo visto, su comprensión no ha sido confiada a los hombres.
  • Adal Cortezhar citeretsidste år
    La mirada del nieto del príncipe Genji impresionaba, en efecto, a quien podía verlo.
    Era la confirmación en la realidad de que la sensibilidad humana, la solidaridad y la compasión, la discreción y la buena voluntad, el tacto y la humildad, la excelsitud y la vocación para grandes metas poseían un mundo en la tierra.
  • Fernandohar citeretsidste år
    los cuatro preceptos de la ubicación se cumplían a rajatabla y al monasterio lo defendían al norte la montaña, al sur el lago, al oeste el camino, al este el río,
  • Fernandohar citeretsidste år
    algo así como el infinito pero no la realidad del infinito, que sólo osan afirmar, construyendo estructuras abstractas, unos matemáticos llamados teóricos, depravados y malvados hasta la médula, sumidos en la investigación de juegos y no de la realidad,
  • Silvia Arenashar citeretfor 10 måneder siden
    Dijo para sus adentros: Que Buda se apiade y me dé un poco de luz para saber por dónde he de buscar.

    Dijo para sus adentros: Que Buda se apiade y me diga si tiene sentido buscar.

    Y dijo para sus adentros: Ya no sabemos lo que pensabas sobre el mundo. Malinterpretamos tus palabras. Nos hemos perdido del todo.

    Y añadió a modo de conclusión: Tal como predijiste, mi caro, querido e inolvidable Buda.

    El nieto del príncipe Genji bajó entonces los brazos, se llevó las manos a los costados, alzó la cabeza e hizo dos profundas reverencias.
  • Ivana Melgozahar citeretfor 10 måneder siden
    un puente hecho de madera de ciprés y provisto de una cubierta de corteza también de ciprés, entre cuyas columnas perfectamente pulidas había unos bancos reblandecidos y curtidos por la lluvia que se mecían suavemente como si respondieran a los pasos, y abajo, a los dos lados: la profundidad, toda verde.
  • Ivana Melgozahar citeretfor 10 måneder siden
    Caminó, pues, sin desfallecer, buscando la entrada, con la sensación de que esta particular longitud, de que la cerrazón e invariabilidad inamovibles del muro a su izquierda, no sólo servían para señalar simplemente la existencia de un terreno enorme sino también para comunicar que esto no era una pared, sino la medida interna de algo que se manifestaba allá y solamente pretendía advertir al recién llegado de lo siguiente: que pronto necesitaría una unidad de medida distinta de la acostumbrada, que pronto unos pasos diferentes de los que hasta entonces habían trazado el perímetro de su vida le indicarían la dirección a seguir.
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