Nueva España culminó la primera década del siglo XVII con la madurez adquirida tras noventa años de una experiencia que, en lo esencial, y desde el punto de vista español, había sido un éxito. Los problemas afrontados frente al mundo prehispánico, como la sujeción política, el dominio económico, el acomodo residencial, la conversión religiosa y otros, habían sido no totalmente resueltos pero sí superados, y los inherentes a la situación colonial en sí, como los que los españoles crearon y seguían creando entre ellos mismos, habían sido afrontados con medidas que permitían considerarlos, si no superados, al menos bajo control.