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Frances Hodgson Burnett

  • b9183049347har citeretfor 2 år siden
    En cierto modo, resulta portentoso darse cuenta de que un ser humano recién nacido solo pueda aprender lo que se le enseña

    con el paso de los días....

  • b9183049347har citeretfor 2 år siden
    con el paso de los días, son las que se le graban en el espíritu, en el cerebro, en su ser físico, que es el único medio de expresar, en el curso de la vida física, todo lo que ha aprendido.
  • Dianela Villicaña Denahar citeretsidste år
    Y resulta que era la madre de la niña que solía mirar por la ventana del lóbrego e inhóspito cuarto diurno de los niños, tan pequeña que solo tenía una vaga idea, confusa y caótica, de que el sentimiento que a veces la enfurecía, la intranquilizaba y le subía la temperatura del cuerpo era algo semejante a un verdadero odio por un hombre en concreto que en realidad no había hecho nada para merecerlo.
  • Dianela Villicaña Denahar citeretsidste år
    Todavía no le habían puesto el delicioso nombre de Pluma cuando se casó con Robert Gareth-Lawless, un joven muy bien parecido e irresponsable, más que intencionadamente malo. Se llamaba Amabel Darrel y era la chica más encantadora del encantador rincón de la isla de Jersey en el que su padre, médico rural, había engendrado una encantadora familia numerosa y la había educado con la pésima ineptitud de su pésimo buen entender. Era preciso colocar a las niñas bonitas lo más pronto posible para que no se devaluara su precio en el mercado. Consecuentemente un joven de buena cuna, aunque carezca de recursos evidentes, es una vela halagüeña en el horizonte, posiblemente de una nave que acaso pudiera, al menos, hacerse cargo de un peso que los hombros que lo llevan como parte de sus obligaciones cederá con mucho gusto.
  • Dianela Villicaña Denahar citeretsidste år
    Lo cierto es que a veces se encontraban tan acorralados que no podían atender a los compromisos más importantes y tenían que exprimir el ingenio para inventar excusas plausibles. La estrecha casa entre dos grandes fue un reflejo fugaz de la luna de miel, pero, después de pasar un año celebrando pequeñas cenas elegantes en ella y saliendo de ella para asistir a grandes cenas elegantes en una berlina elegante aunque pequeña, terminaron inmersos en una situación comparable a la proeza de guardar el equilibrio en el filo de una espada.
  • Dianela Villicaña Denahar citeretsidste år
    Pluma, en su candidez, no tenía la menor duda sobre él. Estaba segura de que se había enamorado de ella. Creía que esta emoción universal se cifraba en la ropa, la proximidad y la belleza, y con todo eso, si se era inteligente, se conseguía todo lo que una quería. El afecto desbordante que sentía por Bob y él por ella le había dado la vida en Londres con todas las diversiones que conllevaba. Cuando hablaba con su marido de esta conquista tan deseable lo hacía con una franqueza ligera y cordial al mismo tiempo.
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    ¿Piensa ir? –le preguntó con calma.
    –Tengo que mandar por una niñera, eso sí… –empezó a decir.
    Él se atrevió a interrumpirla.
    –Es mejor que no vaya… si me permite que se lo diga.
    –¿Que no vaya? ¿Que me quede aquí y no vaya? –gimió.
    –Que se quede aquí y no vaya –le respondió. Y se lo dijo
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    Sabía que había ido a verla para hablar de una cosa determinada, pero en realidad ignoraba en qué circunstancias se encontraba. Sin duda, muchos conocidos sabían que su marido había vivido al límite de sus recursos y estaba acostumbrado a las deudas y a los morosos, pero, cuando, en esa calle concreta de Mayfair, un ser adorable te recibía abrazándote las rodillas y hablando de «morir de hambre», uno se preguntaba en qué terreno se estaba metiendo. Pluma no sabía, ni ningún otro ser humano conocido, que existía una razón especial para haber llegado a permitir que lo frecuentara tanto, para contarse entre los asiduos de la estrecha casa y para parecer que la contemplara a menudo, a veces con una expresión de vivo interés, otras, como irritado, y otras al fin sin expresión alguna. Pero esa razón existía, y por eso y solo por eso había aparecido en el umbral de la casa, y también había sido el motivo de que no se apartara con mayor determinación cuando se encontró ridículamente abrazado por las rodillas como si estuviera haciendo el papel de padre inflexible en un melodrama.
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    Pero goza de una salud envidiable y tiene hijos. Seis muchachos robustos y una chica robusta. Por lo visto, el cariño por la familia está pasado de moda.
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    Verdaderamente Robin la superaba.
    Le pareció que corría peligro de que volviera a abrazarlo. La cogió por el brazo; estaba desquiciada y sus ojos de color violeta lo reflejaban.
    –¿Es que no ve cómo estoy? ¿No ve que no hay nada ni nadie…? ¿No lo ve?
    –Sí, lo veo –contestó él–. Tiene razón. No hay nada y no hay nadie. He ido a ver a Lawdor personalmente.
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