Sabía que había ido a verla para hablar de una cosa determinada, pero en realidad ignoraba en qué circunstancias se encontraba. Sin duda, muchos conocidos sabían que su marido había vivido al límite de sus recursos y estaba acostumbrado a las deudas y a los morosos, pero, cuando, en esa calle concreta de Mayfair, un ser adorable te recibía abrazándote las rodillas y hablando de «morir de hambre», uno se preguntaba en qué terreno se estaba metiendo. Pluma no sabía, ni ningún otro ser humano conocido, que existía una razón especial para haber llegado a permitir que lo frecuentara tanto, para contarse entre los asiduos de la estrecha casa y para parecer que la contemplara a menudo, a veces con una expresión de vivo interés, otras, como irritado, y otras al fin sin expresión alguna. Pero esa razón existía, y por eso y solo por eso había aparecido en el umbral de la casa, y también había sido el motivo de que no se apartara con mayor determinación cuando se encontró ridículamente abrazado por las rodillas como si estuviera haciendo el papel de padre inflexible en un melodrama.