Su cuerpo —considerado en otro momento y en otro lugar una pieza de exhibición tan memorable y tan sublime como una escultura griega— se había transformado en un nido de llagas y horrores y en un auténtico ícono de la todopoderosa Iglesia católica: una foto suya podía encajar en una serie de cuadros con los martirios de Jesús —su piel estaba más lastimada que la espalda del Nazareno— y podía decir, sin miedo y sin temor a la blasfemia, que sufría más que el diácono del papa, san Lorenzo de Huesca, santo patrón de los cocineros que, por avaro y por tacaño, por no entregar los bienes de la Iglesia al emperador romano, fue asado vivo —con el culo en las brasas calientes— en una parrilla gigante.