Le envolvía una sensación de calidez; el universo era bueno, la lámpara que enfocaba el interior de su boca era el sol, fuente de alimento. Sabía que no lo era pero también lo era, y entonces el dentista anunció: «Ya está». El autor no sabía si habían transcurrido cinco minutos o una hora. Se dio cuenta de que la enfermera le estaba indicando algo y notó que tenía una gasa en la boca cuando dijo: «Sí, sí». Luego la siguió hasta la sala de espera sin sentir el suelo que pisaba y miró pero no escuchó cuando la enfermera le repitió las indicaciones a Liza, que le dio las gracias y ayudó al autor a ponerse el abrigo.
El sol deslumbrante le despejó un poco y, para cuando subieron al taxi, había recuperado el sentido del tiempo, pero todavía seguía tan inmerso en el cálido bienestar de las drogas que los arranques y frenazos del taxi avanzando a golpes hacia el este le parecieron un suave balanceo. No sentía dolor, y solo la lengua entumecida le molestaba un poco, le recordaba las heridas tapadas con gasa. ¿Liza había estado hablando todo el rato? El autor se giró y la miró al tiempo que se sumaban a la FDR Drive, y estaba guapa, con los brazos en alto para recogerse el pelo castaño claro en una coleta; miró cómo los pechos subían y bajaban con la respiración, vio la fina cadena de oro que colgaba siempre sobre su clavícula. Entonces, sin transición alguna, el autor contempló el perfil del bajo Manhattan, los edificios que iban agrandándose y definiéndose conforme el taxi se acercaba, aunque él no tuviera conciencia de estar moviéndose. Luego cobró conciencia de estar moviéndose a una velocidad increíblemente constante, y del puente de Brooklyn, de los destellos del cableado. Liza despotricaba contra la pequeña pantalla táctil del taxi, que no conseguía apagar, y él alargó una mano y experimentó el contacto con el cristal como si fuera una maravilla, como si tocara aire sensible, solidificado. Luego estaba acariciándole el pelo a Liza y ella se reía de esa intimidad tan impropia de él, algo que solo había hecho seis veces en seis años de relación. Ahora, otra vez las vistas, y al autor se le ocurrió como una revelación:
No lo recordaré. Es la vista más bella de la ciudad que jamás haya presenciado, la experiencia más perfecta del tacto y la velocidad, nunca me había sentido tan próximo a Liza, y no lo recordaré; las drogas lo borrarán.