Estado es, en cambio, un aparato administrativo, cuyo fin más caro es asegurarse la sumisión política y económica de sus miembros. Cuando este, ya secularizado, se estableció como forma de poder en el siglo de las luces, sus propulsores entendieron pronto que había que ocupar con algo el pedestal que hasta entonces había correspondido a la Iglesia o al monarca y escogieron a la nación como doctrina. Desde entonces, el Estado-nación se ha empeñado en instruir a sus hijos en el amor incondicional a la patria, aunque se trate, en verdad, de un apego al aparato de poder que lo sustenta.