Lo que oímos no fue el grito fabuloso de ninguna execración sepultada en una tierra primigenia y de cuya sobrenatural resistencia el repudiado sol polar hubiese arrancado una respuesta monstruosa. Al contrario, se trató de algo tan normal y tan inequívocamente asociado a los días que habíamos pasado en el mar, cerca de Tierra Victoria, y en el campamento, en el estrecho de McMurdo, que nos estremecimos al imaginarlo allí donde no debía estar. Fue, en suma, el simple y ronco graznido de un pingüino.