José María Arguedas

La agonía de Rasu-Ñiti y otros cuentos

    Andrés BoB / Robertohar citeretfor 2 år siden
    Pero había un poco como de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. «Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza», había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
    LUDWING FEDERICO BERNAL YÁBARhar citeretsidste år
    El mundo a veces guarda un silencio cuyo sentido solo alguien percibe
    Mayra Ramoshar citeretfor 2 år siden
    Las lenguas –como las culturas– poco evolucionadas son más rígidas, y tal rigidez constituye prueba de flaqueza y de riesgo de extinción, como bien lo sabemos.
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    «Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza»
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    Contemplando sus ojos negros, oyendo su risa, mirándola desde lejitos, era casi feliz, porque mi amor por Justina fue un «warma kuyay»
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    –¡Yo te quiero niñacha, yo te quiero!

    Y una ternura sin igual, pura, dulce, como la luz en esa quebrada madre, alumbró mi vida.
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    –Ese puntito negro que está al medio es Justina. Y yo la quiero, mi corazón tiembla cuando ella se ríe, llora cuando sus ojos miran al Kutu. ¿Por qué, pues, me muero por ese puntito negro?
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    –¡Don Froylán! ¡Es malo! Los que tienen hacienda son malos; hacen llorar a los indios como tú; se llevan las vaquitas de los otros, o las matan de hambre en su corral.
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    –¡Si te cayeras de pecho, tayta Chawala, nos moriríamos todos!
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    –¡Cóndor necesita paloma! ¡Paloma, pues, necesita cóndor! ¡Dansak’ no muere! –le dijo.

    –Por dansak’ el ojo de nadie llora. Wamani es Wamani.
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    –¡Está bien! –dijo Lurucha–. ¡Está bien! Wamani contento. Ahistá en tu cabeza, el blanco de su espalda como el sol de mediodía en el nevado, brillando.
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    El mundo a veces guarda un silencio cuyo sentido solo alguien percibe.
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    La sombra del cuarto empezó a henchirse como de una cargazón de viento; el dansak’ renacía.
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    El genio de un dansak’ depende de quién vive en él: ¿el «espíritu» de una montaña (Wamani); de un precipicio cuyo silencio es transparente; de una cueva de la que salen toros de oro y «condenados»2 en andas de fuego? O la cascada de un río que se precipita de todo lo alto de una cordillera; o quizás solo un pájaro, o un insecto volador que conoce el sentido de abismos, árboles, hormigas y el secreto de lo nocturno; alguno de esos pájaros «malditos» o «extraños», el hakakllo, el chusek’3 o el San Jorge, negro insecto de alas rojas que devora tarántulas.
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    «Rasu-Ñiti» era hijo de Wamani grande, de una montaña con nieve eterna.
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    –El Wamani me avisa. ¡Ya vienen! –dijo.

    –¿Oyes, hija? Las tijeras no son manejadas por los dedos de tu padre. El Wamani las hace chocar. Tu padre solo está obedeciendo.
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    –¿Ves al Wamani en la cabeza de tu padre? –preguntó la mujer a la mayor de sus hijas.

    Las tres lo contemplaban, quietas.

    –¿Lo ves?

    –No –dijo la mayor.

    –No tienes fuerza aún para verlo. Está tranquilo, oyendo todos los cielos; sentado sobre la cabeza de tu padre. La muerte le hace oír todo. Lo que tú has padecido; lo que has bailado; lo que más vas a sufrir.
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    Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.
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    Hablaba en voz alta para engañarme, para tapar el dolor que encogía mis labios e inundaba mi corazón.

    Pero ya en la cama, a solas, una pena negra, invencible, se apoderaba de mi alma y lloraba dos, tres horas. Hasta que una noche mi corazón se hizo grande, se hinchó. El llorar no basta; me vencían la desesperación y el arrepentimiento.
    Andrés BoB / Robertohar citeretfor 2 år siden
    Me abracé al cuello del cholo. Sentí miedo; mi corazón parecía rajarse, me golpeaba. Empecé a llorar, como si hubiera estado solo, abandonado en esa gran quebrada oscura.
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