Un mes más tarde recibí una foto de su nueva patineta, sobre la cual había pintadas dos grandes alas bicolor. Atrás estaba escrito: «Un beso, Camilo».
Fue ese mismo año, en clase de literatura francesa, cuando me hicieron leer Les fleurs du mal, y fui a pedirlo a la biblioteca del liceo. Apenas me lo entregaron, abrí una página al azar y apareció ante mí el poema del albatros, «ce roi de l’azur maladroit et honteux», donde Baudelaire lo describe como el poeta maldito de la naturaleza. Se lo leí a mi padre esa misma noche. Él me leyó a su vez, y con mucho entusiasmo, el poema en el que Coleridge cuenta la historia de un marinero que queda maldito para siempre por matar a un albatros. El texto, oscuro como pocos he leído, me perturbó muchísimo. «Todos los hombres de mar conocen esa historia», dijo mi padre. Comprendí el horror del marinero de Luisiana al ver que su caña se había enganchado en el pico de aquel pájaro. Copié una estrofa a mano para mandársela a Camilo como respuesta a su fotografía. No tuve novio en todo ese tiempo. Me gustaba conocer bien a la gente antes de pensar siquiera en dar un beso y los chicos se desesperaban. Era demasiado torpe, demasiado lenta.