Vivíamos en el mismo lugar, pero en mundos diferentes. Esos mundos se superpusieron durante un breve período y, al hacerlo, vimos las cosas con ojos diferentes. Para mi familia, el socialismo era sinónimo de negación: la negación de lo que querían ser, de su derecho a cometer errores y a aprender de ellos, de explorar el mundo a su manera. Para mí, el liberalismo era sinónimo de promesas incumplidas, de destrucción de la solidaridad, del derecho a heredar privilegios, de hacer la vista gorda ante la injusticia.