Los trenes del ferrocarril Roca, que antaño se llamó del Sur, se caracterizan en ciertos ramales no diré secundarios sino terciarios y hasta cuaternarios (por más de una razón, incluyendo la geología), por las extraordinarias cantidades de polvo que pueden acumular en su interior. Tienen otros récords más notables aún. Es posible descubrir en ellos por ejemplo que el caño inclinado que sirve como desagüe al inodoro está colocado al revés, apuntando en la dirección de la marcha, con lo cual cercena toda la vegetación con que tropieza, y el inodoro se transforma en un volcán en continua y violenta erupción de cardos y cicutas. Puede ocurrir también que uno de estos trenes empiece a pitar y a acortar la marcha y por fin se detenga. Los pasajeros asoman todos sus cabezas por las ventanillas, menos uno, que lee malhumorado en un rincón. Los más ágiles bajan. Las noticias llegan pronto. Hay una vaca echada en la vía y tiene poca gana de levantarse.
Cuando la vaca se aleja, siguen.
En una parada así, Julián, para evitar el saludo del jefe de su estación, la curiosidad de los patriarcas, o los ofrecimientos de trasporte del vecindario, dejó el tren y se largó a campo traviesa.
Un hombre a pie por la llanura tiene algo de escandaloso. Algo de paria, algo de asesino que huye, algo de ridículo, algo de despreciable, algo de sospechoso.